Yatanasharira:
una experiencia muy frecuente después de la muerte

Juan Ramón González Ortiz

REVISTA NIVEL 2


En todos los libros sobre la muerte, tanto tradicionales como actuales, se considera que el período fundamental de la vida post mortem es el paso por el nivel astral. Personalmente, creo, sin embargo, que la experiencia suprema de nuestro viaje a través de la muerte es la permanencia, más o menos dilatada, en el llamado cuerpo causal. Esta estancia es el momento supremo de toda nuestra vida. Y con ella, concluye la experiencia de la encarnación. Concluido el período en los planos celestiales, se empieza a preparar la nueva encarnación.

Acaso nuestro paso por el plano astral sea lo más inmediato, y lo más dramático, pero no deja de ser un nivel que hay que dejar atrás para seguir el camino de purificación que nos lleva a los planos superiores.

La muerte no es otra cosa que tornar hacia dentro de uno mismo, volver hacia nuestro núcleo, introvertirse al máximo, y, al mismo tiempo, desprenderse de envolturas y cuerpos. La muerte es un proceso de ascender en el interior de uno mismo:
“Tras un amoroso lance,
Y de esperanza no falto,
Volé tan alto, tan alto,
Que le di a la caza alcance;
Volé tan alto, tan alto,
Que le di a la caza alcance”.
En este último sentido, podemos decir que hay muchas muertes: primero el cuerpo físico, cuerpo etérico, cuerpo astral, etc.….
Lo normal cuando un ser humano muere es que su consciencia caiga en una especie de adormilamiento. Es una sensación inefable, dulcísima, de paz y descanso. Esta dormición puede durar unos instantes, minutos, horas, días o semanas.

Tras la muerte, y la disolución del cuerpo etérico, la conciencia se centra en el nivel siguiente. El cuerpo astral ofrece el mismo aspecto que el cuerpo físico del difunto, hasta el punto de que un clarividente puede ver al ver al muerto en su cuerpo astral tal y como era cuando vivía.

Pero al poco tiempo de morir, ocurre un fenómeno importantísimo. Una transformación que es el origen de este artículo.

Esta transformación está dirigida por el Elemental del deseo que es la entidad que mantiene la conciencia y la actividad del cuerpo astral. Este elemental es una entidad viva y con una cierta inteligencia, que le lleva únicamente a satisfacer sus deseos, lo cual es el designio de su propia conciencia. Continua y constantemente, busca realizar sus apetencias y continuar su evolución, que exige descender todo lo posible hacia el mundo físico y sentir las intensas sacudidas de la materia y de lo que llamamos “concupiscencia”. Es una entidad autónoma, que desconoce todo tanto del Ego superior como del cuerpo en el que está insertado. Su naturaleza no es diabólica. Tan solo obedece a su instinto de realización.

Conoce la existencia de otro principio muy cercano llamado mente inferior, y sabe que, influyendo en ella, o, mejor dicho, dominándola, puede colmar sus deseos y colmar todas sus sensaciones e impresiones.


Es más, cuanto más sojuzgue a la mente mejor será para ese elemental. Pues identificando mente y conciencia astral está garantizado el logro de sus inclinaciones.

El Elemental del deseo tiene una conciencia separativa y ciega.Y, vamos a ver, a continuación, que este mismo comportamiento que tiene en la vida física lo va a tener también, exactamente el mismo, en la vida astral, apenas iniciado el viaje post mortem.

Por tanto, este elemental, se une a la mente y la mente se identifica con ella. Al apoderarse de la mente inferior, la esencia elemental ha conseguido asegurar su preponderancia, pero el retraso y el daño que ha causado al Ego superior ha sido notable. Tenemos que repetir, de nuevo, que la esencia elemental desconoce la existencia del cuerpo causal, de alma y de la evolución superior. Tan solo conoce la realidad de su plano y de su conciencia. Y es inconsciente de todo los demás. Y nosotros debemos tener la misma percepción hacia el Elemental del deseo que él tiene de nosotros: somos una entidad distinta de él. Tenemos que decirnos una y otra vez: “Yo no soy eso”.

Después del momento de la muerte física, el hombre común, a quien nunca interesaron estas cosas, despierta en el mundo astral y, más o menos, se siente confuso, o, extrañado. Percibe una realidad incomprensible, con nuevas leyes y formas. Esto dura hasta que se adapta a esas novedosas condiciones de vida. El Elemental del deseo, entonces, se aterroriza porque sabe que tras la muerte física vendrá, con más o menos rapidez, pero inevitablemente, la astral, perdiendo definitivamentesus intensas necesidades de gozar y su sed de sensaciones, pues esto es su vida. En consecuencia, intenta con toda su fuerza y determinación detener o al menos retardar la desintegración del cuerpo astral, y como conoce las condiciones físicas de la materia astral y sabe que la más grosera perdura más y resiste mejor al desgaste, dispone las capas del cuerpo astral de modo que la más densa o grosera quede en la superficie. Al obrar así actúa según su inteligencia interna, que solo busca su propia supervivencia: durante la vida física las partículas del cuerpo astral se agitan sin cesar como si fueran líquido o más bien un líquido hirviente, pero en la vida astral post mortem esta materia queda ordenada en estratos según su densidad, de tal manera que esas moléculas ya no están mezcladas entre sí como pasaba durante la vida física...
El Elemental del deseo coloca en el exterior a la materia astral más densa y grosera, no solo porque es la que mejor cohesiona y encierra a todas las que están detrás de ella sino también porque es la más resistente a cualquier fricción exterior. En el cuerpo astral, se siente, se ve, se oye y se percibe en toda la superficie de ese cuerpo; pero sólo se perciben las vibraciones del subplano astral cuya materia es de la misma calidad que la de la superficie del cuerpo astral, ya que cada uno de los subplanos tiene diferente nivel vibratorio de materia. Es decir, que en el ser humano ordinario y común, el elemental encerrará a la conciencia en una especie de cáscara de materia astral, y solo le permitirá recibir las bajas y vulgares vibraciones de los últimos subplanos astrales. Por lo tanto, ese ser humano solo podrá responder a las vibraciones que recibe a través de la capa más externa de su cuerpo astral. Todo esto significa que la conciencia queda literalmente atrapada en una caja de materia astral, y que solo se pueden percibir las realidades que coinciden con la capa más externa de ese cuerpo.Y esa capa externa suele ser muy baja y grosera.

Si esa alma viviera en un mundo de bellas influencias y elevadas formas, no le aprovecharía de nada pues sería totalmente ciego y sordo a esas realidades, porque las moléculas de materia astral que conforman su nuevo cuerpo no responden a esas vibraciones. Pero además resulta que solo podrá percibir la materia más bestial y densa de todas las personas con las que entre en contacto. Por eso, doquiera mire, solo verá formas y aspectos bajos y groseros, como si habitara entre monstruos. De ahí que temporalmente creerá que está en el infierno.

Y si a su propia conciencia le pudiese extrañaresta reclusión, el elemental le transmitirá un sentimiento de terror y el pensamiento que,de no aferrarse a esa materia inferior, de no tener un cuerpo organizado, se disolvería en la nada cósmica.

Pero si esta misma conciencia afirma su voluntad de no admitir la presión del Elemental del deseo, si protesta y si se rebela contra su propio encierro, entonces, las partículas del cuerpo astral dejarán de formar capas superpuestas por orden de densidad, y entremezclándose unas con otras como durante la vida física, podrá percibir las vibraciones de todos los subplanos del mundo astral. Si resistimos la tendencia del Elemental del deseo, las partículas de nuestro cuerpo astral se mantendrán mezcladas, tal y como estaban en vida, y, en consecuencia, en vez de quedar confinados en un único subplano, estaremos libres para movernos por todos los subplanos. Este cuerpo astral así reorganizado, redistribuido, se llama Yatanasharira, o cuerpo de sufrimiento.

En el Bardo Thodol, o Libro tibetano de los muertos, continuamente advierte al muerto de que rompa esta identificación con la conciencia astral y que, si ya se ha producido, salga de ella, aferrándose a su voluntad de realización espiritual y volviendo su mente a los mundos más elevados y divinos que pueda concebir.

En el libro tercero del Bhagavata Purana, los Yamadutas (los mensajeros de Yama, dios de la muerte) sacan el alma junto con el cuerpo sutil y lo visten con otro cuerpo, elYatanasharira , o cuerpo destinado a repartir el sufrimiento por los actos pecaminosos en el infierno. Atan a la persona con cables aéreos y la arrastran como un esclavo a la tierra de Yama.

Démonos cuenta, como bien dice este Purana, de que el Yatanasharira es un cuerpo destinado a hacernos sufrir.

Sin embargo, también esta forma astral acabará desintegrándose por mucho que haga por sobrevivir. Al irse deshaciendo la capa más exterior, y luego la siguiente, la persona se va dando cuenta de que percibe unas nuevas vibraciones mucho más refinadas. Así, va ascendiendo plano tras plano hasta el cuerpo mental.

La redistribución del cuerpo astral es un fenómeno que debemos conocer, y del cual, como ya se ha dicho, el Bardo Thodol nos avisa, pues demorar la entrada en los mundos superiores o, aún peor, perderse en esos mundos inferiores es algo que hay que evitar. La mayoría de la gente, sencillamente, no puede hacer nada, pero todos aquellos que ya conocen la mecánica del Elemental del deseo pueden oponer firmemente su voluntad a los deseos de este ser. Aunque no se le puede reputar de ser inteligente, el Elemental del deseo sí que está dotado de un fortísimo instinto de conservación que le lleva a resistir con todas sus fuerzas la disolución que le amenaza.

En el hombre común triunfa el elemental porque las potencias mentales estuvieron durante la vida física colocadas al servicio del deseo y subordinadas a su mando: el deseo ahogó hasta tal punto la mente inferior, que le es totalmente imposible liberarse durante el período astral. En sonsecuencia, el resultado es que aun después de pasar el Ego al mundo celeste, queda en el cascarón astral algo de materia mental que lo puede animar todavía. Estas formas vitalizadas de esta manera pueden pervivir durante muchos años y ocasionar fenómenos poltergeist.



Es muy importante formarse de antemano, o comentar con nuestros conocidos, si merece la pena, que hay que vivir en la conciencia interior, y no en la conciencia que solo responde a los objetos externos o al movimiento de las pasiones o sentimientos. Vivimos totalmente volcados en la superficie de las cosas. Toda la vida actual se basa tan solo en la conciencia de lo exterior, y cuando se apela a lo interior es simplemente para generar ideas comunes o malos sentimientos, sentimientos de odio y de separatismo, sentimientos tribales, sentimientos negativos, de superioridad o de desprecio. La vida política es el caldo óptimo en el que se aderezan los peores sentimientos que pueden mover al ser humano.

No responder ciegamente a las vibraciones inferiores es la mejor manera de refinar la materia de nuestros cuerpos interiores. A la hora de la muerte nuestro escenario y nuestras vivencias serán totalmente diferentes de lo que hasta aquí se ha descrito.


Juan Ramón González Ortiz


 

 

 

 

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