Crecer
bajo el miedo
Antonio Callén Mora

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Mi afición por los temas relacionados con
la Psicología me lleva a leer muchos libros vinculados con
esta materia, algunos de los cuales catalogables como de autoayuda
y otros que abordan el tema desde una perspectiva más analítica
o formativa. Pues bien, siguiendo esta línea, recientemente
ha caído en mis manos una publicación de la autora Marta
Martínez Novoa titulada Familias que duelen (sin querer) (2026)
que me ha hecho reflexionar sobre mi infancia como si estuviese siguiendo
una sesión de psicoterapia.

A menudo, se aconseja escribir sobre experiencias más o menos
traumáticas o de un fuerte impacto emocional, habiéndosele
atribuido propiedades terapéuticas o, al menos, con el fin
de aliviar o corregir conflictos emocionales. En este caso, dadas
mis circunstancias, que trataré de resumir en este artículo,
se trataría más bien de un acto de ejercicio de memoria
y reflexión que, basándose en las indicaciones de un
terapeuta, me permita analizar, desde el punto de vista psicológico,
cosas que me sucedieron y pudieron marcar no solo mi infancia sino
también etapas posteriores de mi vida. Es decir, intentaré
revisar algunos de los impactos que, en un análisis introspectivo,
pudieron tener hechos de mi infancia que he guardado con relativa
precisión en mi memoria y ver cómo pudieron influir
en rasgos de mi carácter o en mi actitud en distintas circunstancias
de la vida. Obviamente, vistos desde el tamiz que me ha facilitado
la tipificación realizada en el libro de un tipo en concreto
de familia en el que encajaría mi experiencia.

Antes de nada, quisiera aclarar que, como espero expresar
a lo largo del artículo, no puedo por menos de estar agradecido
a mis progenitores, ya fallecidos, por todo lo que me dieron: la vida,
una familia, la posibilidad de crecer en un entorno sano y mucho más.
No
es mi intención juzgarles ni descargar en ellos responsabilidades
ni culpas de hechos que, en aquel tiempo y entorno, eran normales,
por no decir correctos. Evidentemente, vistos desde el prisma actual,
mi ejercicio va a tratar de poner en relieve algunos hechos y circunstancias
que eran inadecuados; pero no se trata de realizar reproches ni de
un ejercicio de ingratitud, sino más bien de mirar aquellos
episodios con una perspectiva actual, haciendo un análisis
retrospectivo, y sin más pretensión que tomar en consideración
unos hechos objetivos que marcaron mi vida; ya que tuvieron una relevancia
psicológica que me ha parecido oportuno poner sobre el tapete.
Algunos datos autobiográficos
Paso a describir sucintamente algunos datos autobiográficos
para ponernos en situación. Soy el menor de cuatro hermanos,
nacido a mediados de los años 1950, llevándome trece,
nueve y cuatro años, respectivamente, con mis hermanos mayores.

Mi
padre era agricultor y tenía cuarenta y dos años cuando
yo nací. Conviene resaltar que él pasó por circunstancias
muy duras en su vida, pues, tras realizar un largo período
de servicio militar, se tuvo que incorporar a filas con motivo de
nuestra Guerra Civil. En cuanto a mi madre, dos años más
joven que él, se ocupaba de las labores domésticas,
algo habitual en aquella época y, desde que yo tuve uso de
razón, la recuerdo como enferma crónica aquejada de
procesos de artritis reumatoide y artrosis, sometida a medicación
constante; circunstancias que condicionaron su calidad de vida y el
entorno familiar.
A estos antecedentes familiares, conviene añadir que mi hermano
mayor nació en la posguerra y no tuvo ocasión de realizar
estudios de grado medio ni superiores. Además, le tocó
dedicarse a las labores agrícolas en un momento en que mi padre
era todavía joven; pero en la que las condiciones de trabajo
y de vida eran muy duras. Por el contrario, en mi caso, al nacer trece
años más tarde, me encontré una situación
mucho más favorable económica y socialmente, lo que
me permitió optar a estudios universitarios, a pesar de que,
por entonces, mi padre ya rondaba los sesenta años. Digamos
pues que tuve el privilegio de poder estudiar y elegir una profesión
acorde con mis aspiraciones vocacionales. El hecho de ser el benjamín,
me dejó abierto un sendero que, sin duda, fue mucho más
fácil que el transitado por mis hermanos, especialmente el
primogénito.
Entrando en materia
Retomando el libro que me ha inspirado a escribir este artículo,
cuyo título es muy explícito, conviene aclarar que en
él se describen distintos tipos de familias llegándolas
a clasificar como: familias tormenta, familias refugio y familias
falso refugio. Todo ello en base a la descripción de determinadas
dinámicas familiares basadas en aspectos relacionados con el
grado de inmadurez o inestabilidad emocional existente, la presencia
o ausencia de autonomía, así como la falta de jerarquías
sanas y la existencia de conflictos enquistados, para el primer caso.
Es decir, se exponen las características de tipo emocional
y las dinámicas de unas cuantas variables psicológicas
que definen los mencionados tipos de familias. Además, dedica
un amplio capítulo a describir diez tipos de familias catalogadas
como falso refugio, en las cuales, según la autora, “el dolor
se disfraza de amor”. Obviamente, no es nuestro objetivo resumir el
libro, sino describir circunstancias que tienen que ver con uno de
esos tipos de familia en las que encaja perfectamente nuestro relato.
En concreto, el tipo 5 de esta clasificación de familias se
describe bajo este título: Infundir miedo no es educar: familias
donde reina la cultura del miedo. Soy consciente de que el lector
puede sentirse abocado a una descripción de tintes dramáticos
y quisiera tranquilizarle. Si bien hubo episodios inadecuados, no
se trataba de circunstancias “alarmantes”, sino de hechos normales
para la época que hoy serían ciertamente reprobables
desde el punto de vista de la Psicología y la educación.
En la descripción de las dinámicas típicas
en estas familias, la autora cita la presencia de:
Violencia física normalizada
Amenazas y humillaciones
Disciplina incuestionable
Manipulación de decisiones mediante el miedo
El estado de ánimo de uno lo contamina todo
Castigos por expresar sentimientos.
Ciertamente, estos epígrafes plantean situaciones no exentas
de dramatismo y, he de aclarar, que cuando eres protagonista de las
mismas llegas a normalizarlas porque tu familia es convencional, incluso
consideras que has tenido la suerte de nacer en el seno de una buena
familia. Estamos hablando de la típica familia cristiana, de
origen humilde que vive del trabajo del campo en un medio rural, merced
al cultivo de algunas tierras propias y otras arrendadas. Ello propicia
la obtención de una renta que permite vivir dignamente, si
bien a menudo conlleva labores muy duras y jornadas agotadoras.

Desde el punto de vista económico y de condiciones de vida
digamos que todo fue aceptable o normal, por no decir que se podría
hablar de familia privilegiada. Sin embargo, la educación no
tuvo una base emocional correcta, pues se basaba en la autoridad indiscutible
del padre, típica de una sociedad machista, el cual se hacía
respetar más por el miedo que por el diálogo y la tolerancia.
Sin embargo, es evidente que ni sus condiciones de crianza fueron
fáciles ni tuvo la posibilidad de ser educado en las condiciones
que se dan hoy en día. En efecto, por aquel entonces, la dureza
era sinónimo de supervivencia y la tolerancia se podía
asimilar a debilidad de carácter. No seré yo quien le
culpe. Para ilustrar a qué me refiero, voy a relatar algunos
hechos que me marcaron y moldearon mi carácter. Cuando yo tenía
unos cinco o seis años, vino un circo al pueblo. Mi tercer
hermano, que tendría unos nueve o diez años, pidió
dinero y permiso para asistir a una de las sesiones y le fue denegado.
Dado que él siempre ha sido muy vivo, se las arregló
para colarse. Cuando llegó a casa, mi padre enseguida supo
que le había desobedecido. Pues bien, la emprendió a
zapatillazos con él y recuerdo que yo estaba presente en el
cuarto y lloré más que él, pues seguro que me
dolieron más a mí los golpes que a mi hermano que sabía
a lo que se exponía. Esto hoy puede ser considerado, y de hecho
lo es, una conducta demasiado rígida y reprobable; pero, entonces,
era normal. Si bien nunca he considerado que ese hecho me traumatizara
a largo plazo, sin duda tuvo sus repercusiones. Recuerdo otra ocasión
en que, a la edad de siete u ocho años, tenía como compañeros
en la escuela de primaria varios chavales repetidores que nos sacaban
un par de años al promedio de la clase. Sin lugar a dudas,
algunos de ellos practicaban lo que hoy se denomina bullying. Pues
bien, en cierta ocasión, uno de aquellos “grandullones” (que
a decir verdad no tenía muchas luces) me quitó la cartera.
Yo fui detrás de él hasta su casa pidiéndosela
para recuperarla y no hubo manera.

Al llegar a casa, mi padre se percató y le conté lo
sucedido, me trató de flojo o de cobarde y recuerdo que me
persiguió alrededor de la mesa de la cocina (con unas dimensiones
de 2 m x 1m, aprox.) recriminando mi comportamiento, hasta que me
enganchó y me hizo ir a casa del chico solo y no volver a comer
hasta que me devolviesen la cartera. No recuerdo que me pegase, al
menos. Como se puede apreciar, el temor sustituía al respeto
y las muestras de cariño, constituyendo un valor en alza en
mi educación. Por circunstancias de la vida, pasé varios
años de mi edad escolar (entre los 10 y los 18) en régimen
de internado, algo que también influyó en mi carácter.
Mi expediente académico era bastante bueno, pues siempre me
apliqué a fondo en los estudios para escapar del yugo de trabajar
en el campo. Mi propósito era no dar problemas. Sin embargo,
recuerdo que, por unas circunstancias especiales que se produjeron
en el internado a mis doce o trece años, me suspendieron por
primera vez en lo que denominaban “Conducta”.

Hecho
que coincidió con la expulsión de varios compañeros.
Yo
me vi involucrado en ese problema, sin jugar un papel notorio; pero
el tema me salpicó. Pues bien, llamaron a mi padre, que tan
apenas tenía tiempo de venir a visitarme, de modo que nos veíamos
cuando en las vacaciones trimestrales yo regresaba a casa, y le pusieron
en antecedentes. Mi padre reaccionó con ira y, sin llegar a
agredirme físicamente, me amenazó que nadie le ponía
la cara colorada por mí y que si volvía a suceder me
las iba a tener que ver con él. No hizo falta más advertencias,
lógicamente. De hecho, siempre fui muy dócil, obediente
y disciplinado, consecuencia sin duda de mi educación y de
ser valorado más por mis logros que por mi forma de ser. Para
no extenderme más en detalles innecesarios, contaré
otra anécdota que me quedó muy grabada. Cuando tenía
yo unos dieciséis o diecisiete años, en plena adolescencia,
un día me enfrenté con él y le dije que estaba
harto y que me iba a marchar de casa. Él, con mucha parsimonia
y con un cierto tono irónico me dijo: “¿Dónde
vas a ir tú muerto de hambre? Desengáñate, no
vas a llegar ni a la vuelta de la esquina”. Con esta sencilla frase
me desarmó. De hecho, yo considero que en ese momento se me
acabó la “rebeldía adolescente” si es que alguna vez
llegué a tenerla.
Siguiendo
el rastro del experto
No hace mucho, hablaba con mi hijo de las relaciones paternofiliales
y me recordaba que, a pesar de que siempre he reconocido que temía
las reacciones de mi padre incluso cuando él estaba al final
de su vida (ya nonagenario, genio y figura…), le estoy muy agradecido
por el ejemplo que me dio en muchos aspectos de la vida y porque me
inculcó diversas virtudes que me han servido en la misma. Al
fin y al cabo, mi trayectoria profesional y personal, sin ser espectaculares,
han dado sentido a mi vida y me siento realizado. Sin embargo, no
cabe duda que puede haber mucho conformismo en mí. En realidad,
siempre me he considerado más gregario que líder y,
a menudo, he sido bastante manipulable. Durante mi período
estudiantil, no participé en manifestaciones y tenía
estrictamente prohibido por mi padre involucrarme en actividades políticas.
Si a esto unimos que unos paisanos de mi pueblo, de mi edad, con los
que yo había mantenido ciertas reuniones, fueron investigados
por la policía y encarcelados, mi actitud era comprensible.
En efecto, después del suceso del internado tenía más
miedo a mi padre que a la policía. El miedo cuida la huerta.
Con todos estos condicionantes, se entiende que al seguir en el libro
el apartado Así se siente crecer en una familia con cultura
del miedo, me identificase con varios de los párrafos que leía.
En efecto, como dice la autora, uno normaliza estas dinámicas
hasta el punto de no ser consciente de su impacto en nuestra vida
y carácter. La inseguridad, pánico al conflicto, indecisión
y sensación de bloqueo en determinadas circunstancias, etc.

La sumisión, el hecho de aceptar las normas porque vienen de
la “autoridad”, el miedo a equivocarse o desobedecer, la aceptación
de un cierto grado de violencia como normalizada (“una bofetada a
tiempo puede evitar males mayores”), confundir el respeto con el temor,
la búsqueda de valoración externa antes de tomar decisiones,
el alejamiento de los jefes o autoridades para sentirse más
seguro e incluso la falta de espíritu crítico es algo
que me ha acompañado en diversos momentos de mi vida. Afortunadamente,
la vida es larga y da oportunidades. De modo que, uno puede pasar
por entornos diversos, saliendo de la esfera paterna. Lo cual puede
propiciar el cambio y la adquisición de niveles más
altos de educación e independencia que permiten, en cierta
medida, corregir esos errores iniciales. Sin embargo, hay veces que
el lastre, en algunos aspectos en concreto, se arrastra de por vida.
Curiosamente, para mí, uno de los aspectos más entrañables
que guardo de mi padre, y que fue quizás la mejor lección
de amor que aprendí, es que, cuando era octogenario cuidó
de mi madre con mucho cariño y ternura. De modo que, fue sorprendente
para mí ver cómo un hombre que había sido bastante
duro se enterneció y sacó todo lo mejor que había
en él cuidando a su esposa. Un verdadero ejemplo.
Antonio
Callén Mora